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Los embalses revelan una función inesperada: décadas de datos muestran su creciente valor para las aves acuáticas

Un estudio de la Estación Biológica de Doñana-CSIC basado en más de medio siglo de observaciones muestra que los embalses ibéricos han ganado importancia para la diversidad funcional de las aves acuáticas. Los investigadores advierten de que estas masas artificiales de agua no sustituyen a los humedales naturales, pero sus resultados abren nuevas posibilidades para incorporar la biodiversidad a su gestión.

Durante décadas los embalses españoles han sido contemplados principalmente como infraestructuras destinadas al abastecimiento de agua, el regadío, la producción energética o la regulación de los recursos hídricos.

Pero bajo esa función construida por el ser humano se ha ido desarrollando otra historia. Las aves han comenzado a utilizar estos espacios y, con el paso del tiempo, algunas comunidades que viven en ellos se han vuelto ecológicamente más diversas.

Ahora, un estudio liderado por investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) ha utilizado más de medio siglo de datos para medir esa transformación.

Los resultados muestran que los embalses están adquiriendo un papel relevante como hábitats complementarios para determinadas aves acuáticas.

La conclusión no significa que puedan sustituir a lagunas y otros humedales naturales. Pero sí plantea una posibilidad interesante: gestionar mejor las masas de agua artificiales que ya existen para que también contribuyan a conservar biodiversidad.

51 años observando cómo cambian las aves

Una de las fortalezas de la investigación está en su dimensión temporal. Los científicos analizaron censos realizados entre 1965 y 2016, un periodo de 51 años.

El estudio comprende 119 humedales de la Península Ibérica: 67 embalses y 52 lagunas naturales distribuidos por las cuencas hidrográficas del Guadiana, Guadalquivir, Júcar y Segura.

En total, los investigadores analizaron 2.459 comunidades o censos de aves acuáticas. Cada uno de los enclaves incluidos disponía de al menos diez años de seguimiento y el periodo medio estudiado por cada lugar rondó los veinte años.

Disponer de series tan prolongadas permite observar algo que una fotografía tomada en un momento concreto difícilmente puede mostrar: cómo cambia un ecosistema a lo largo de décadas.

No se trata simplemente de contar pájaros

La investigación incorpora además una diferencia fundamental. No estudia únicamente cuántas especies aparecen en cada lugar. También analiza la denominada diversidad funcional.

Dos humedales pueden albergar un número parecido de especies y, sin embargo, funcionar ecológicamente de forma muy diferente.

La diversidad funcional tiene en cuenta las características de las especies y los distintos papeles que desempeñan dentro del ecosistema: su alimentación, comportamiento, tamaño o manera de utilizar el hábitat, entre otros rasgos.

Es decir, no pregunta solamente cuántas especies hay, sino también qué hacen esas especies y cómo utilizan el ecosistema. Y ahí apareció una diferencia relevante.

Los embalses evolucionaron de manera diferente

Los investigadores observaron que la evolución de la riqueza de especies fue relativamente similar en lagunas y embalses.

La historia cambia cuando se analiza la diversidad funcional. Los embalses estudiados presentaron una mayor riqueza funcional y una trayectoria de diversificación más marcada con el paso del tiempo, mientras que las lagunas naturales analizadas experimentaron cambios mucho menores en ese indicador.

Dicho de otra manera: a lo largo de las décadas, las comunidades de aves que utilizaban los embalses fueron incorporando especies con características ecológicas más diferentes entre sí.

Entre las aves relacionadas con esa evolución se encuentran grandes zancudas y especies que se alimentan de peces.

Los investigadores mencionan ejemplos como la cigüeña negra, el cormorán grande y el somormujo lavanco.

Las masas de agua suficientemente profundas pueden ofrecer oportunidades a aves capaces de bucear para capturar peces, como ocurre con algunas de estas especies.

¿Por qué las aves están utilizando estos espacios?

No existe una única explicación. Los investigadores apuntan a diferentes procesos que se han producido simultáneamente durante las últimas décadas.

Muchos humedales naturales mediterráneos han desaparecido, se han reducido o han sufrido procesos de degradación y transformación.

Los embalses, por su parte, pueden mantener agua durante periodos prolongados y ofrecer diferentes profundidades y condiciones que determinadas especies son capaces de aprovechar.

Los autores relacionan también parte de la evolución observada con otros cambios positivos ocurridos durante las últimas décadas, entre ellos una mayor protección de los humedales que han sobrevivido, el desarrollo de legislación ambiental y el incremento de los esfuerzos de conservación.

Son factores que ayudan a interpretar las tendencias observadas, aunque no permiten atribuir la evolución de todas las especies a una única causa.

Los embalses no sustituyen a los humedales naturales

Esta es probablemente la precaución más importante del estudio.

Los resultados no significan que construir embalses sea una estrategia para aumentar la biodiversidad. Tampoco demuestran que un embalse sea ecológicamente mejor que un humedal natural.

Las presas modifican profundamente los ríos y los ecosistemas asociados a ellos, mientras que lagunas y otros humedales naturales mantienen características y valores ecológicos propios que las masas artificiales de agua no pueden reemplazar.

La lectura adecuada de la investigación es diferente. Miles de embalses ya forman parte del paisaje y algunas especies los están utilizando.

La pregunta es si, una vez construidos, determinados aspectos de su gestión pueden adaptarse para favorecer también a la biodiversidad sin olvidar las funciones para las que fueron creados.

Islas, vegetación y niveles de agua más compatibles con las aves

La investigación no se limita a describir el fenómeno. También plantea posibilidades para mejorar la función ecológica de estos espacios.

Entre las medidas que podrían estudiarse se encuentra la creación de islas y zonas de aguas poco profundas, capaces de proporcionar lugares de alimentación, refugio o descanso.

Otra posibilidad sería favorecer la presencia de vegetación en determinados sectores de las orillas.

La gestión del nivel del agua también puede ser importante. Evitar cambios especialmente bruscos durante determinados periodos reproductores podría beneficiar a especies que nidifican o utilizan las zonas próximas a la lámina de agua.

No significa que todas estas actuaciones sean apropiadas para cualquier embalse. Cada infraestructura presenta características y usos diferentes.

Pero sí introduce un principio interesante: la biodiversidad puede convertirse en otro criterio a considerar cuando se decide cómo gestionar una masa de agua artificial.

Una segunda oportunidad para espacios que ya existen

La investigación ofrece así una perspectiva diferente sobre una infraestructura profundamente integrada en el paisaje español.

No propone construir nuevas presas para las aves. Propone comprender mejor qué está ocurriendo en las que ya existen.

Durante 51 años, las comunidades de aves acuáticas han ido cambiando y algunas especies han encontrado en estos espacios nuevas oportunidades.

La ciencia permite ahora observar ese proceso con una perspectiva que habría sido imposible obtener mediante estudios de pocos años.

Por qué esta noticia es importante

España posee algunos de los humedales más valiosos de Europa, pero estos ecosistemas se encuentran sometidos a fuertes presiones.

Su protección y recuperación continúa siendo prioritaria.

Precisamente por eso resulta relevante identificar otros espacios capaces de desempeñar funciones complementarias.

Los resultados de la Estación Biológica de Doñana muestran que determinadas infraestructuras creadas por las personas pueden adquirir, con el tiempo, una dimensión ecológica que originalmente no estaba prevista.

Reconocerla no elimina sus impactos ambientales ni convierte un embalse en un humedal natural. Pero abre una oportunidad.

Si las aves ya están utilizando estos lugares, comprender por qué lo hacen puede ayudarnos a gestionarlos mejor.

Y quizá ahí se encuentre la parte más positiva del descubrimiento: no se trata de elegir entre personas y naturaleza, sino de investigar cómo algunos espacios que ya hemos transformado pueden gestionarse para dejar también un poco más de sitio a la vida.

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